lunes, 15 de agosto de 2011

‘Blackthorn’, un film sin destino

Que a estas alturas de las cosas un director español resuelva volver al western es un dato cuando menos curioso y llamativo.

En primer lugar porque se trata de un género casi totalmente dejado de lado por el cine y cooptado, digámoslo así, por la pantalla chica donde ha pasado a nutrir una que otra serial. Y en segundo lugar porque fueron los directores norteamericanos los cultores más auténticos, y por lo general los más lúcidos, de una épica profundamente ligada a la historia misma de los Estados Unidos. Hubo, es cierto, realizadores de otras latitudes que probaron fortuna, y en algunos casos la tuvieron, acercándose a los relatos de esa estética viril en torno a un culto enraizado en las capas más hondas del modo de vida americano. Tal el caso de Sergio Leone y algunos pocos otros. Pero aún en estos casos estamos hablando de los ahora remotos años 70, pues de allí en adelante, salvo muy esporádicos escarceos, el western pasó a ser materia de retrospectivas de sus años de oro en los 40 y 50.

Pues bien, al haber optado para este segundo largometraje, 12 años después de su opera prima, por un típico relato “de vaqueros”; el director español Mateo Gil se impuso, de manera consciente y deliberada supongo, varios desafíos simultáneos, entre los cuales no era uno de los menores enfrentar de entrada la previsible acusación de obsolescencia o de nostalgia a la violeta. Para terminar de complicar(se) Gil resolvió convocar a la cabeza del elenco a Sam Shepard, un nombre de culto en la materia, conocido por su dureza de carácter usualmente traducida en contenciosos al por mayor con los realizadores que arriesgaron la parada. Quienes sobrevivieron al envite pudieron disfrutar, y compartir el gozo con la platea, de los más que sólidos atributos de un actor de fuste, de aquellos que escasean en la nómina a disposición en la industria. En la oportunidad, al parecer las escaramuzas de inicio, divulgadas por el propio Shepard, no acabaron llevando la sangre al río, menos mal porque su faena es en último balance de lo mejor de una película, cuyas pretensiones apuntan muy alto aunque terminan impactando varios grados más abajo.

Tradicionalmente, el western se inscribió en la ancha franja de las películas de acción, con abundancia de tiros, duelos, cabalgatas a campo traviesa que incorporaban, en los mejores productos del género, al entorno como un personaje más. Sólo figuras con muchas horas de vuelo se animaron a remontar el código establecido para internarse en los laberintos de una suerte de subgénero: el western crepuscular, signado por la puesta en cuestión de los valores machistas, racistas y celebratorios de la llamada conquista del desierto, eufemismo utilizado para nombrar, o escamotear, lo que en verdad fue el exterminio liso y llano de los habitantes originarios de aquel territorio tramposamente tenido por virgen.

El guión de Miguel Barros se plantea una ingeniosa vuelta de tuerca sobre la historia de Robert Leroy Parker alias Butch Cassidy, famoso asaltante de trenes al que creímos ver morir acribillado en Tupiza por un pelotón de soldados bolivianos, mientras según la partitura de Burt Bacharach desde la banda sonora caían gotas de lluvia sobre mi cabeza. Ese deceso cinematográfico, expuesto en 1969 por George Roy Hill en la multioscarizada Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid) con Paul Newman, Robert Redford y Katherine Ross no habría contado toda la verdad.

En efecto, según Barros, Butch sobrevivió a la emboscada de 1908 y se recluyó en la clandestinidad aguardando la ocasión de volver al Norte para disfrutar del producto de sus fechorías. Así va a su encuentro 19 años más tarde, en 1927, justo cuando el destino del ya anciano aventurero se cruza con el de Eduardo, un ingeniero madrileño que acaba de robarle cierta importante suma de dinero a un minero boliviano, el cual moviliza a todos los comunarios de la zona para echarle el guante.

Pretextando acompañarlos en el viaje-huida hacia quién sabe dónde, la trama reencuentra a Butch con viejos conocidos de ayer y recrea, flashbacks mediante, diversos episodios de su juventud. Ese periplo hacia el fondo de sus recuerdos impregna adicionalmente de una moral ambigua todo el relato, donde no hay buenos ni malos pues todos tienen sus razones, relativismo que tampoco es gran novedad en un género que luego de haber dejado atrás a los personajes monocromáticos, de los cuales los varios que le cupo encarnar a John Wayne nutrieron un auténtico estereotipo, acabaron recibiendo un baño de humanidad en los títulos más logrados de Ford, Walsh o Peckimpah.

En la línea de los grandes clásicos, Gil quiso hacer del entorno más que un escenario el contrapunto a la soledad interior de sus protagonistas. La faena de Juan Ruiz Anchia uno de los íconos de la fotografía cinematográfica española es ciertamente estupenda, sobre todo en el aprovechamiento de la inmensidad del Salar de Uyuni, pero esa belleza figurativa no encuentra un adecuado equilibrio con la dosificación del ritmo, lastrado en demasía por la voluntad forzada de hacer de cada plano un momento memorable de cine. El cine empero es más que la suma de secuencias bellas. Así, la atmósfera crepuscular, introvertida, se convierte en una suerte de pesada lentitud que frena el empuje narrativo y lo estaciona en momentos contemplativos que no dan a contemplar gran cosa.

Pues no alcanza con ralentizar el ritmo y dejar la cámara observando a ese curtido viejo sumido en sus recuerdos, porque aquellos son resueltos de una forma cinematográfica torpe por momentos, desperdiciando incluso la oportunidad de convertir a la patética némesis de Butch, el detective de la agencia Pinkerton interpretado por Stephen Rea, en la figura trágica al que su rol invitaba.

Podría decirse que a Gil lo pierden la ambición y el deseo de hacer una película para la historia, afán que lo empuja a la solemnidad y el envaramiento, a una falta de garra narrativa en definitiva, especialmente afectada por la endeble interpretación de Eduardo Noriega, siempre opacado por Shepard que hace lo suyo casi en piloto automático al no tener una réplica a la altura de lo requerido.

No es que Blackthorn sea una película desdeñable, vale la pena, y la entrada, verla, pero no es la obra maestra imaginada y promocionada. Hay de lo uno y de lo otro a lo largo del desparejo metraje de este viaje de Gil hacia su incierto destino.

Ficha técnica

Título original: Blackthorn (Sin destino). Dirección: Mateo Gil. Guión: Miguel Barros. Fotografía: Juan Ruiz Anchía. Montaje: David Gallart. Arte: Juan Pedro de Gaspar.

Efectos: Ángel Alonso, Chema del Fresno. Maquillaje: Ana López Puigcerver, Belén López Puigcerver. Música: Lucio Godoy. Producción: Paolo Agazzi, Ibón Cormenzana, Jan Pace, Andrés Santana. Intérpretes: Daniel Aguirre, Luis Bredow, Nikolaj Coster-Waldau, Padraic Delaney, Fernando Gamarra, María Luque, Dominique McElligott, Cristian Mercado, Eduardo Noriega, Stephen Rea, Sam Shepard, Magaly Solier. España / EEUU / Bolivia / Francia / 2011.

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