domingo, 15 de julio de 2012

Por qué el doblaje es una desgracia

Pagina Siete

Uno: En este momento, ahora mismo, sólo hay cuatro estrenos cinematográficos en Bolivia que ofrezcan la posibilidad de ser vistos con subtítulos. El resto está doblado.

Dos: Supongamos que hoy es viernes y quiero ir al cine. Como vivo cerca del Multicine, situado en la avenida Arce de esta bella La Paz, reviso su programación: me cruzo con siete películas posibles, todas de Hollywood. De ésas, sólo tres son también exhibidas con la opción de los subtítulos. Es más: de las 70 funciones del día, sólo 17 prometen el idioma original. Y en horarios por lo general tarde en la noche, como si leer fuera “sólo apto para mayores” con insomnio.

Tres: Establezcamos nuestro punto de partida: a) El doblaje es una desgracia para el cine; b) Y es una desgracia que Latinoamérica –a diferencia de otras áreas del mundo– había eludido por décadas: nos ha acaecido sólo en los últimos 10 años; c) En el 95% de los casos, el doblaje es de una mediocridad minuciosa y sin respiro; d) El mal doblaje (mexicano o español) no es un “detalle” que se pueda disimular o pasar por alto: hay los que prefieren mil veces –como yo– ver una película en un pequeño televisor en su idioma original que en la pantalla grande, doblada (todas las invocaciones de rutina a “la magia de las salas” no sobreviven a las distracciones y miserias que provoca un audio advenedizo y malo).

Cuatro: La polémica sobre los doblajes es antigua. Se repite con frecuencia, por ejemplo, que leer subtítulos no sólo es antidemocrático (pues perjudica a los que no leen rápido: niños y semianalfabetos), sino que nos distrae del centro de la imagen y desencadena una experiencia discontinua y fracturada del cine. A lo primero, que no es sino un populismo de mala fe, se podría responder que los subtítulos son tan antidemocráticos como los libros. Durante décadas se entendió, además y acaso correctamente, que nuestra costumbre con los subtítulos encontraba una excepción con las películas para niños, que sí debían ser dobladas (y lo eran y a veces lo son todavía magníficamente). Sobre lo segundo: cualquiera que se haya acostumbrado a leer subtítulos sabe que la vista es suficientemente rápida para ver el resto, es decir, todo.

Cuatro: Ver una película doblada es, en promedio, una experiencia similar a la, hipotética, de escuchar a Bob Dylan doblado por Ricardo Arjona, cantando. O, si de doblajes españoles se tratara, a Leonard Cohen doblado por Julio Iglesias. O a Thom Yorke (de Radiohead) cantado por Fernando Olvera (de Maná). O a Caetano Veloso por David Bisbal. Es decir: puede que nos acostumbremos y que pensemos que Dylan tiene la voz de Arjona y Cohen la de Iglesias, pero de alguna manera las canciones de Dylan y Cohen dejarán de ser sus canciones. Es preferible tal vez no entender lo que canta Dylan o, si se quiere, de escucharlo cantando con subtítulos.

Cinco: En la analogía anterior hay una deliberada alevosía: es obvio que considero superior a Dylan y Cohen a los señores Arjona e Iglesias, respectivamente. Pero esa alevosía es descriptiva, no desdeñosa, porque en el 95% de los casos, los doblajes suponen esas o más agudas asimetrías. Casi nunca se produce el caso inverso: no son las Julietas Venegas las que doblan a las Britney Spears del mundo, sino al revés. O, para quedarnos en el cine, ningún Ricardo Darín se ocupa de mejorar, en el doblaje, las letanías zombis de Keanu Reeves. No: lo que tenemos en los doblajes al castellano son actores secundarios de telenovelas mexicanas o voces publicitarias españolas que reducen la riqueza de una dicción, de una manera de hablar, a un concierto de dos o tres notas.

Seis: Hay, por supuesto, estilos de doblaje. El mexicano o colombiano, que son los que nos toca escuchar, intentan disfrazar su origen con inflexiones más bien monocordes, sólo alteradas por los gritos y énfasis de una mala telenovela. Los españoles prefieren la sobreactuación pareja, de principio a fin, desde gargantas entrenadas en la melosidad de la radio publicitaria (son doblajes que, a cada vuelta de la esquina, nos hacen temer la aparición de algún producto en oferta).

Siete: El doblaje en Europa es parte de la triste historia de los nacionalismos de derecha. Se impuso por iniciativas como “Ley de defensa del idioma” de Mussolini en Italia, ley que luego imitó el dictador Franco en España. Pero estas tradiciones, más que perpetuarse, se han ido relajando (hoy, en España, hay mayores posibilidades de ver una película en el idioma original que hace 30 años). Nosotros, por nuestra parte, vamos en la otra dirección: ya no es el fascismo el encargado de conducirnos al doblaje, sino el mercado, la pereza, la necesidad de poder charlar y comer durante las películas sin distraernos leyendo. Ya se sabe: uno “va al cine a divertirse, no a leer”.

Ocho: Una amiga española que nunca había visto a Humphrey Bogart sino doblado me confesó hace unos años su decepción cuando escuchó la voz del actor por primera vez. Y es que, en España, Bogart deambulaba hasta por Marruecos repartiendo pesetas con una voz de bajo profundo, en empalagosos susurros de anuncio de perfumes para señoras (en el original en inglés, lo hacía con la voz de un apresurado tenor rencoroso). En el doblaje mexicano, Marlon Brando pierde su agudo ceceo de Pato Lucas asmático y se transforma, sólo por la voz, en alguien que suena a candidato del PRI. El parco Clint Eastwood, que escupe las palabras desde la garganta –casi sin necesidad de mover la boca o expulsar aire– dice, dulzón y anónimo, en una de vaqueros doblada a la española: “Le mataré, Randall”. Éstas no son sino cuentas de un rosario de desgracias.

Y medio: El uso de subtítulos no es perfecto. A veces, en el apuro empresarial, las leyendas son encargadas a “traductores” que entienden lo que se dice sólo a medias o, incluso, en nada. Los horrores ortográficos distraen, la mala redacción confunde y los localismos nos dejan perplejos. Recuerdo haber visto en España El sexto sentido con subtítulos. El pequeño niño que ve gente muerta dice: “It’s boring”. El subtitulador traduce: “Es un coñazo”. Pero es mejor leer esto que escucharlo: eso sí sería un coñazo.

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