sábado, 11 de octubre de 2008

La Promo (crítica)


Título original: La Promo
Estudio: Locango Films.
Fecha de estreno: 09 de Octubre. del 2008 (BOL)
Artistas: Pablo Fernandez, Andrea Herrera, Porfirio Azogue, Sergio Eguino, Elias Serrano y Jorge Alfonso Vargas.
Duración: 90 minutos
Género: Comedia
Puntuación: 5.5 / 10

Es raro poder contar con un producto nacional en las pantallas grandes. La Promo se suma a los intentos de cineastas nacionales de incursionar con filmes completos, resulta ser una comedia más al igual que Día de Boda.

La historia trata de 4 amigos que se van a reencontrar después de 15 años de haber salido de promoción del colegio. Este encuentro es especial para ellos ya que la polera de la promoción tiene una historia muy personal para cada uno de los 4 amigos.

La historia es simple y plana, no hay muchas sorpresas y juega con algunos cliches que si bien han sido demasiado explotados por la industria, no son muy tratados en el cine nacional. El formato en que es narrada juega con el presente y saltando atrás en el tiempo para darnos un contexto de la historia de la polera. Cada personaje tiene su propia versión, por lo que tenemos saltos atrás y vemos la misma historia desde distintos puntos de vista. Cada versión aporta nuevos elementos a la historia.

Este formato se ha visto en películas como Vantage Point y causo el mismo efecto en mi, tanto en La Promo como la película americana; cuando la historia se repite más de 3 veces causa tedio. Si bien el salto en el tiempo funciona, cansa.

Una de sus peores fallas técnicas de esta cinta es la imagen, la imagen aparece distorsionada en algunas partes de la pantalla durante toda la película, es similar a un pixelamiento, propio de cuando se transforma un formato de video a dvd y el codificador usado no es el indicado o de baja calidad. Este es un problema mayor porque causa alguna molestia que impide disfrutar al espectador de la función.

El sonido si bien se nota que no tiene la mejor edición, es mucho más claro y entendible que el de producciones como Quien Mato a la Llamita Blanca? Sin ser experto en la materia, me animo a decir que la falla está en la mezcla, a veces los sonidos se distingue notoriamente que no han sido grabados al mismo tiempo. Algunas diferencias de volumen en las escenas, pero como dije antes los diálogos son entendibles.

Las actuaciones también tienen sus problemas. Pablo Fernández, que hizo un papel similar en Dependecia Sexual y ha abusado de él en teatro y publicidad, se torna reiterativo y le resta credibilidad a su personaje. La sorpresa esta en Andrea Herrera, quien para ser debutante hace un papel aceptable, quizás el papel que tiene, le permite interpretar facetas que le resultan familiares y no requiere actuar. Elías Serrano no me gusto, me pareció que sobreactuó en muchas partes de la película y se hizo notorio, quizás debido a su formación teatral, donde es casi obligatorio sobreactuar. No mostro flexibilidad al momento de interpretar distintas versiones de su personaje. Las apariciones de los jóvenes de Chaplin Show, estuvieron demás.

Pero no todo es malo. La ambientación es muy buena, en los saltos de tiempo casi pareciera que uno está en la Santa Cruz de los 90’s. La vestimenta es muy propia de esos años, aunque las poleras de Oriente Petrolero no guarden correlación con el horizonte de tiempo, la película ocurre en el 93 y las poleras son del 95-96. Por lo demás, el Cine Palace y su caseta amarilla de Cotas, el walkman (mini tocacintas), las zapatillas Reebok (yo tenía como 5 pares de las mismas) y las vestimentas de las chicas son apropiadas, al igual que los peinados… qué horror! Quien no recuerda esos cachos. Tambien es curioso escuchar el lenguaje que se usaba en esos días.

El soundtrack también es muy bueno, sobretodo para los que pasamos nuestra adolescencia en medio de los 90’s. Con la eclosión de grupos de rock nacional como Dixie, Loukass, Track, EZ y Octavia antes CODA-3. No reces hacia el sol, I’m missing you, Levantate vago, La vida es una, son algunas de las canciones que acompañan a toda esa onda noventera que nos hace transportarnos a todos los que tenemos todavía en nuestras retinas las imágenes de esos días.

En resumen una película que si bien no es el mejor producto del cine boliviano, es un esfuerzo loable por el sacrificio que debe significar hacer cine, a puro pulmón, en Bolivia. Esperemos que esta ópera prima de Jorge Arturo Lora, sea el inicio de una exitosa y larga carrera como cineasta y que con el tiempo vaya refinando su producto. Esta cinta guarda su mayor valor en la nostalgia que produce a los que vivimos nuestra juventud en el mismo periodo de tiempo.

Trailer

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1 comentario:

  1. La Promo
    Por: Pedro Susz K.

    El desembarco de estrenos bolivianos en la cartelera crece de manera sostenida. Esas producciones provienen por otra parte de diversos puntos de la geografía nacional, reflejando como es lógico visiones distintas de país. Adicionalmente los géneros transitados por tales hechuras abarcan un espectro en expansión. Hasta ahí son todas estupendas noticias.

    En buena medida parecen haber quedado atrás en efecto las penurias financieras, humanas y técnicas que engrillaban nuestro cine a la intermitencia de las patriadas individuales, a la obstinación de unos pocos visionarios y al albur de algún productor extranjero reclutado por amigos y conocidos de aquellos y dispuesto a poner unos dólares para echar una mano en emprendimientos de incierta ventura comercial.

    Las factibilidades de la nueva tecnología digital para el registro y la difusión de imágenes en movimiento ha sido sin lugar a dudas el disparador que posibilitó franquear el salto desde aquellos tiempos de uno o dos largos por temporada, a este presente de cinco o seis producciones anuales y a la irrupción de una nueva camada de realizadores, que en otras circunstancias hubiesen debido resignarse con suerte a un corto en video destinado a ser mostrado en los círculos más cercanos, pero con nulas posibilidades de medirse con el gran público desde la pantalla grande.

    En materia de expresión artística sin embargo, se sabe, cada facilidad entraña per se renovadas exigencias de rigor y prolijidad a fin de esquivar el facilismo o la ligereza. Tal es el punto de equilibrio faltante todavía, salvo excepciones, para que el crecimiento cuantitativo empate con la madurez cualitativa que caracterizaba otrora al grueso de nuestra producción, cuando el cuidado por la consistencia narrativa y la excelencia plástica eran, amén de una opción consciente, cuestión de responsabilidad elemental para atajar el despilfarro de los escasos recursos puestos al alcance de cada emprendimiento.

    Toca esta vez apreciar La Promo una película procedente de Santa Cruz plagada de nombres inéditos tanto en el plantel técnico como en el elenco de actores, salvo en este último caso el de Elías Serrano, a estas alturas una suerte de figura emblemática del cine y el video de ficción rodado en aquellos lares. Un brioso arranque combina con plausible sentido de la edición el testimonio de miembros de varias "promos", tal si a todas ellas, a despecho de la diferencia de edad, las ligara una pareja adhesión al ritual de la nostalgia cíclicamente revivida en el marco festivo de un aniversario más de la graduación, aquel trance ambivalente en el cual los bachilleres imaginan haber superado la primera gran prueba camino de la madurez, aunque en su fuero íntimo sospechan que se trata más bien de una suerte de brinco al vacío. Esos tres o cuatro minutos iniciales señalan un camino que el relato lamentablemente abandona pronto, trocando la picardía y la agilidad por una progresiva pesadez descriptiva, a poco que se van reiterando las situaciones marcadas por los leves matices propios de la subjetividad de cada uno de los personajes protagónicos en torno al destino de una polera distintiva de la promo 93, prenda pronto convertida en eso que Hitchcock denominaba un whodunit.

    La palabreja es, como solía ocurrir con Hitchcock, un apelativo inventado para nombrar cualquier pretexto material para organizar en torno de él la intriga dramática. Esta última, armada siguiendo el esquema aplicado por Kurosawa en Rashomon, trabaja sobre la endeblez de los recuerdos, precariedad agravada por la coartada psicológica defensiva conocida como "percepción selectiva".

    Grosso modo, dicha manera de filtrar la apreciación de la realidad por cada quien, acomodándola a sus prejuicios, necesidades y expectativas, hace dudosa la existencia de una verdad absoluta, asunto que no podemos desmenuzar aquí a riesgo de entreverarnos en una discusión central de la filosofía contemporánea. El dato, este sí incuestionable, es que dos subjetividades enfrentadas a la misma circunstancia tendrán de ella lecturas distintas, mediadas por las mencionadas cortapisas psicológicas.

    En Rashomon, cuatro sujetos involucrados en distinto grado en una violación seguida de homicidio, prestaban testimonio del hecho, cargando invariablemente la culpa sobre los otros y minimizando la propia. El artificio dramático resultaba eficaz porque en su versión del suceso cada personaje ponía en juego su destino, extremo que parece un tanto difícil de admitir tratándose de una polera, así ésta hubiese servido de dispensador catártico para estos otros cuatro compinches de colegio. A su vez tampoco resulta muy creíble que la prenda de marras pudiese contener semejante carga, pues si todos anotaron en la modesta polera sus sentimientos respecto al grupo lo poco que podía haber quedado para la posteridad es una sudada sopa de letras.

    Lo dicho entonces: en la obra del maestro japonés el recurso fascinaba, puesto que se mantenía vivo el interés por averiguar qué iría a decir cada uno de los implicados, atractivo reforzado por el tratamiento mismo en tercera persona, lo cual convertía a cada espectador en juez obligado a tomar partido, con todas las complicaciones implícitas en el hecho de tener que admitir que al fin y al cabo los testimonios ofrecían un fragmento de la verdad, y contenían por ende al mismo tiempo una porción de mentira.
    En cambio el atestado en primera persona modifica substancialmente el modo de complicidad requerida del respetable, transformado en mirón ajeno al suceso. Eso y la mencionada improbabilidad de admitir semejante valor trascendente para una polera, cuya urgente recuperación justo para la fiesta de reencuentros de las promos tampoco termina de atender a una motivación muy nítida, conspiran contra el interés de la anécdota. El desvelo de los personajes, quiero decir, parece desmedido respecto al motivo del mismo o, volviendo a Hitchcock, el whodunit sirve cuando pretexta el desencadenamiento de los conflictos dramáticos, no cuando cobra una centralidad innecesaria. Aun a pesar de su desmesura típica de ópera prima, en la cual los directores suelen apresurarse a intentar decirlo todo y de una sola vez, como ocurre con el debutante Jorge Arturo Lora, la película exhibe varias virtudes que abren un importante margen de crédito para sus hechuras venideras. Los actores, no obstante su inexperiencia, ofrecen un desempeño medido y sin desniveles notorios; hay momentos de lograda comicidad, el tratamiento muestra una capacidad de observación, con agradecible filo crítico, por los comportamientos modélicos del entorno; los recursos técnicos se utilizan con medida y sentido de oportunidad. La gran debilidad estriba en la (in)consistencia dramática de la historia y en un guión lastrado por la pretenciosidad, que escapa al control del realizador finalmente absorbido por los compromisos del cómo en desmedro del qué.

    * Tomado del semanario Pulso

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