domingo, 8 de noviembre de 2015

Reflexiones alrededor de Norte estrecho

Algunos colegas discrepan conmigo, pero a mí me gustó Norte estrecho, de Omar Villarroel. Creo que es una película digna, honesta, bien hecha, que no le pide a nadie conmiseración ni apoyo por ser una producción nacional. Si fuera una película china o africana, me hubiera sentido igualmente satisfecho de verla, porque de lo que se trata es de la relación que uno establece con una obra de arte, de aquella alegría estética (de la que hablaba Sartre) en la relación que establece cada persona con una obra de arte.

Más allá del ojo crítico que suele ser mucho más exigente con las producciones nacionales que con las extranjeras, el principal filtro -personal e íntimo- para apreciar toda obra de arte son los sentidos. Uno siente o no siente. Yo sí sentí Norte estrecho. La película me hizo pensar en situaciones de vida que son importantes y que a veces, desde perspectivas demasiado intelectuales, tendemos a rechazar.
Siempre somos más críticos con lo nuestro. No usamos los mismos ojos para una cantidad de porquerías que vemos en las salas comerciales o en la televisión. Un gusanito celoso nos hace ver las producciones bolivianas con ojos de inquisidores. Es cierto que hay algunas que no se salvan ni con la mirada más benigna, pero no es el caso de Norte estrecho (2014).
A este largometraje no le falta ni le sobra nada, pues no pretende otra cosa que narrar correctamente las historias en paralelo de varios inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos: a) joven argentino que tiene su novia en Buenos Aires, b) mamá mexicana que con su trabajo de empleada doméstica apoya a su hijo universitario que estudia en México, c) un camba que dejó a su hija atrás en Bolivia con una prima, y d) el boliviano dueño de un locutorio de video-conferencias, cuya familia quedó en Cochabamba, y que es el eje del filme ya que todas las historias convergen en el locutorio.
Escuché decir "ya estamos hartos de películas con historias paralelas” como la emblemática Amores Perros del mexicano González Iñárritu. Es cierto que desde entonces hay muchas películas que han utilizado ese recurso narrativo, pero eso no lo hace malo. Si de repetición de recursos narrativos se tratara, tanto en el cine como en la literatura, tendríamos que descartar el 80% de las obras, porque no se puede pretender que cada obra cinematográfica o literaria sea fundadora de una corriente. De hecho, si Norte estrecho en lugar de narrar varias historias en paralelo hubiera optado por cualquier otro estilo narrativo, sería también, a los ojos de los más exigentes, una repetición.
¿Cuantas formas narrativas podemos distinguir en la cinematografía mundial? ¿Cuántas se repiten en decenas y cientos de películas sin que a nadie se le mueva un pelo? En el cine contemporáneo es difícil descubrir narrativas novedosas, sin precedentes, por ello algunos cineastas acuden con éxito a representaciones asociadas a narrativas "prestadas” de otras artes, como es el caso de Shirley (2013) de Gustav Deutsch, que reproduce milimétricamente 13 cuadros de Edward Hopper, o inspiradas en el propio cine de antaño como es el caso de Medea (2014) de Lars von Trier, que imita el estilo de Carl Dreyer en La pasión de Juana de Arco (1928).
Conozco amigos que han salido fascinados de la película argentina Historias salvajes, una colección de seis cortos sin conexión entre sí, pero le dan duro a Norte estrecho porque es una colección de historias que se conectan a través del personaje de Jorge (Luis Bredow), el dueño del locutorio.
La película de Omar Villarroel me pareció bien narrada, bien interpretada, bien fotografiada, bien ambientada. Es verosímil y plantea los dramas personales de los inmigrantes en Estados Unidos sin maniqueísmo ni miserabilismo. Es un filme sobre relaciones humanas, tanto en la distancia mediada por la tecnología, como en el día a día de la convivencia con otros migrantes o con ciudadanos gringos (que también son migrantes, pero más antiguos, lo cual con frecuencia olvidan).
Para apreciar Norte estrecho hay que despojarse de una manera de ver cine que ha contaminado a nuestros espectadores dependientes, fundamentalmente por los contenidos de la televisión que son avasalladores. Si tuviéramos mayor sensibilidad y ojo crítico, veríamos en Norte estrecho el juego de espejos que nos proporciona la narrativa de las pantallas a través de las cuales se encuentran o se engañan los personajes. Ese análisis enriquece mucho la reflexión sobre la identidad, la distancia, la solidaridad o el desencanto.
Para algunos en Norte estrecho "no pasa nada”, es decir, nada extraordinario o nada que no sepamos de antemano, pero esa opinión tiene mucho que ver también con el tipo de cine al que estamos acostumbrados, un cine con mucho movimiento, con escenas espectaculares, con momentos extremos de clímax que saturan la pantalla y estremecen a los espectadores, incapaces de mantener una distancia crítica. En la película de Villarroel hay un sentido de lo cotidiano, del diario vivir y el diario evolucionar de los personajes, que podemos asociar más con el cine europeo que con el cine de Estados Unidos.
Una vez más pude apreciar la maravillosa capacidad de Luis Bredow en el papel protagonista. Luis es un actor que puede interpretar personajes muy diferentes y encarnarlos con una naturalidad que asombra, sin que jamás se exceda en algún rasgo del personaje, lo cual podría suceder por su trayectoria teatral.
No creo que el cine boliviano viva su peor momento, como afirman algunos. Si bien es cierto que entre la abundante producción nacional hay muchas películas mediocres (ya sea por la incapacidad de sus autores o por ambiciones sobredimensionadas que terminan en chascos ridículos), debemos reconocer que hay una mayor diversidad de géneros cinematográficos que la que hubo décadas atrás, y que se han producido a veces con pocos recursos películas muy bien narradas, como El ascensor (2009) de Tomás Bascopé.
Es cierto que nos falta, para empezar, una política de Estado. No creo que haya un solo Gobierno en América Latina, que ignore al séptimo arte de manera tan flagrante, como el boliviano, a pesar de vanagloriarse de tener las arcas de Estado llenas de dinero. Con una acertada política de Estado el cine ecuatoriano se ha levantado en apenas diez años. Nosotros seguimos en un limbo de indecisiones. Claramente no es una prioridad.

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