domingo, 14 de junio de 2015

Sebastiana Kespi, la niña de 73 años


Volvió Sebastiana, la tuvimos unos días en La Paz y pudimos conversar con ella. Llegó porque la vida es dura y a veces un homenaje tardío puede traducirse en algo de dinero para alimentarse durante unos meses. Le han hecho homenajes antes, pero éste era con una medalla, que ella sostenía entre sus manos un tanto extrañada, quizás preguntándose cuál era el valor real, no el simbólico, de ese objeto circular, dorado y pesado. A sus 73 años (nació en 1942), poco les están importando los honores, pero sí los recursos para mantenerse. Simplemente lo necesario para no pasar penurias, que allá en su comunidad chipaya pasa con frecuencia, sobre todo cuando las ovejas no tienen ya dónde pastar.
Hago hincapié en esto porque ella me lo dijo varias veces durante nuestra conversación. En pocas palabras expresa lo obvio, lo que tantas veces le han preguntado: su participación, cuando era una niña de diez años, en la emblemática película de Jorge Ruiz: Vuelve Sebastiana. Los recuerdos de esa experiencia que tuvo hace 63 años son escasos, o quizás le da pereza volver a repetir las mismas cosas.
"Me prestó el maestro, por mis buenas notas”, dice, como si en aquel tiempo todo lo que tenía que hacer era obedecer. No recuerda cuanto duró la filmación "una semana, dos semanas ¿o un mes será?”. Todo eso que importa tanto a los cinéfilos, a ella la tiene sin cuidado. Si viene a La Paz es con la esperanza de regresar a su comunidad con algo de dinero contante y sonante, no con bellas palabras.
No recuerda sino tres momentos de la filmación: las escenas donde estaba pastoreando ovejas, aquellas que se filmaron en Sabaya, y luego la escena de la muerte del abuelo que se aventura en el altiplano para buscarla. Cuando le pregunto sobre la muerte del abuelo, me dice que lloró de verdad, no fingió. "De verdad he llorado, pues”. ¿Por qué? le pregunto. "Porque se ha muerto”, responde. Pero si no ha muerto de verdad, insisto. "Igual he llorado. Vas a llorar me han dicho, entonces he llorado”.
La vida de Sebastiana no es glamorosa, aunque a nosotros nos parezca glamoroso tenerla en La Paz, en el escenario de la Cinemateca o de la Asamblea Plurinacional, donde por iniciativa del diputado Santos Paredes, de la Comisión de Naciones y Pueblos Indígena Originario Campesinos, Cultura e Interculturalidad de la Cámara Baja, se la ha homenajeado con la medalla.
Sebastiana no había visto una película en su vida, cuando filmó una como actriz a los diez años de edad. La primera vez que estuvo en un cine fue tres años más tarde y curiosamente no fue para ver Vuelve Sebastiana, sino otra película que no recuerda.
Ahora regresó a La Paz con su única hija mujer. Además tiene un hijo varón y diez nietos. Dos de ellos viven en Antofagasta, a donde ha ido a visitarlos varias veces. De allá trae algo de dinero para comprar arroz en Oruro.
Vive de las 25 ovejas que tiene: "Yo sigo pastoreando, llorando, llorando”, dice. Hace queso de la leche de las ovejas, pero en marzo la tierra se seca y las ovejas ya no dan leche. Los meses buenos son de junio a febrero, cuando llueve. Luego las ovejas se secan.
Jorge Ruiz, con quien conversé tantas veces, me decía: "En toda mi carrera de cineasta, sólo he hecho unas cuatro películas de mi propia voluntad, todas las demás han sido encargos”. Entre ese puñado de películas propias, Ruiz citaba Vuelve Sebastiana, considerada por muchos su obra más importante.
Bolivia Films financió esta película de 31 minutos, realizada sobre un guión de Ramiro Beltrán, y con el asesoramiento de Jean Vellard, con quien Ruiz había trabajado antes en la película Los Urus. Vuelve Sebastiana es también resultado de esa primera experiencia de cine en una de las más antiguas comunidades de América Latina. Augusto Roca colaboró con Ruiz en la fotografía en color, y una vez terminado el montaje se añadió la música de Jorge Eduardo, de los Hermanos Aramayo y de Nicolás García, además de un comentario leído por Eduardo Lafaye y Armando Silva. El filme no existiría sin Sebastiana Kespi, la niña chipaya protagonista, y sin Esteban Lupi, Paulino Lupi, Irene Lázaro y otros miembros de la comunidad chipaya.
Ruiz era joven, tenía todavía el impulso de juventud que lo animaba a hacer cine escogiendo sus propios temas, preocupándose por el contenido, por la estructura, por lo que representaba como búsqueda y como descubrimiento en un país que había que revelar porque la gente de la ciudad no lo conocía, más bien lo ignoraba. Ruiz pasó de sus balbuceos iniciales, a una obra mayor, el filme social-antropológico que crearía un nuevo referente para el cine boliviano.
El estilo de filmación es el de un filme etnológico que centra su atención en una comunidad chipaya, mostrando su habitat, su organización familiar y sus costumbres sociales. Esta "penetración” a través del cine fue posible gracias a la sencillez de medios cinematográficos que utilizó Ruiz, a la manera de los pioneros del cine directo. Ruiz llegó a Santa Ana de Chipaya con Augusto Roca y el chofer que los conducía, nadie más. Cuenta que "no se podía filmar así nomás, había que vivir un tiempo allí, hablar solamente aymara, sacar poco a poco la cámara para pasearla por la comunidad, pero sin filmar”. Todo esto hasta lograr un clima de confianza, período que además servía para recolectar información adicional, historias que los chipaya transmitían oralmente. Luego, la filmación se hizo en apenas una semana.
Durante la proyección de la película Sebastiana se mantiene atenta, con la vista fija en la pantalla. Al finalizar le pregunto qué impresión tiene ahora al ver de nuevo la cinta, y me responde: "Ahí vive mi papá, ahí vive mi mamá, por eso estoy llorando”. Sus padres viven todavía en la pantalla. Para ella, eso es magia.
Sebastiana retoma el hilo de la conversación que más le interesa. "Algunos me dicen, usted tendría que tener sueldo, por qué no tiene sueldo”. Es difícil responderle. "No tengo sueldo, quiero morir”, me dice, pero riéndose.

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