domingo, 12 de abril de 2015

Herzog, poeta de desafíos

Es uno de los grandes cineastas del mundo pero solamente ve tres o cuatro películas al año (lo mismo me comentó una vez Luis Buñuel). Sugiere a los aspirantes a cineastas: "leer, leer, leer, leer, leer y leer…” y declara que su inspiración procede más de los libros que de las películas. Werner Herzog duda que nadie pueda llegar a ser un gran cineasta si no lee libros. Cita a Virgilio, Hölderlin, Joseph Conrad y Hemingway como algunos de sus autores favoritos.
A los jóvenes que se consideran genios en potencia, pero se quejan de que carecen de recursos y de apoyo estatal para hacer cine, les dice que basta de quejarse, que ahora es mucho más fácil hacer cine que hace dos o tres décadas, y que se puede hacer una película "con mil dólares” porque la tecnología lo permite. "La cultura de quejas en el cine nunca me ha gustado”, dijo, pero a pesar de decirlo el tema volvió varias veces en las preguntas de los aspirantes a cineastas con proyectos geniales pero sin dinero. A los que insistieron en ese tema les dijo lo mismo: "hagan cine, no se quejen”. Y narró que cuando él comenzó, trabajaba en las noches como soldador en una fábrica, para poder hacer cine durante el día.
Con ésas y otras sugerencias el cineasta bávaro orientó su conversatorio (en el Cine-Teatro 6 de Agosto, el viernes 10 de abril), bien moderado por el cineasta boliviano Diego Mondacca. En un castellano impecable, bien estructurado aunque sin perder su acento alemán, respondió a las preguntas de jóvenes que se dedican al cine en Perú, Chile, Colombia, Ecuador, Argentina, Brasil y por supuesto Bolivia. Algunos llegaron hasta allí para declararle efusivamente admiración y amor por su obra cinematográfica, otros para pedirle consejo.
Herzog está en Bolivia para filmar Sal y fuego, un nuevo proyecto de largometraje cuyo escenario principal es el Salar de Uyuni. No quiere dar muchos detalles sobre el filme porque aún está escribiendo el guión y, según su estilo de trabajo, éste evoluciona constantemente. Sin embargo, adelantó que el personaje protagonista de la historia será una mujer.
Autodidacta, recuerda que "no sabía lo que era el cine hasta los 11 años de edad”. A los 14, cuando su madre se trasladó a Múnich, conoció a un joven actor desaforado que aterrorizaba al barrio y que lo fascinó: Klaus Kinski. "Era como un huracán humano, vivo”, recuerda Herzog. Veinte años más tarde lo llamó para protagonizar Aguirre, la cólera de Dios y Fitzcarraldo.
Sobre esta última contó varias anécdotas que yo había escuchado antes en boca de mi amigo Jorge Vignati, que fue su camarógrafo. El personaje de Fitzcarraldo no le había interesado cuando se lo contaron, hasta que le dieron el dato de que el barón de la explotación de caucho había desarmado un barco para llevarlo a través de un istmo a otro río y armarlo nuevamente allí. Eso motivó a Herzog a mostrar en su película el esfuerzo titánico de llevar un barco entero, de un río a otro. Quizás esa anécdota simboliza mejor que ninguna otra la actitud de Herzog en el cine: buscar el camino más difícil, no el más fácil, y hacer películas como él las quiere, aunque nadie las valore o las entienda.
Sólo un loco como Kinski podía representar a un loco como Fitzcarraldo. La película entera se organizó en torno al actor que, irascible, amenazaba con abandonar la filmación, destruía escenarios y se enfrentaba una y otra vez al director, al extremo de que ambos especulaban sobre la posibilidad de asesinarse el uno al otro, al mismo tiempo. Tan fuerte era la presencia de Kinski en el filme que Herzog no dudó en eliminar completamente todo lo que había filmado con Mick Jagger (The Rolling Stones) antes de la incorporación de Kinski.
Herzog es un poeta del cine que busca cada vez desafíos de expresión que otros cineastas generalmente evitan para no salir de su zona de confort. Tanto en sus largometrajes de ficción como en los documentales, Herzog filma en las condiciones más difíciles, y busca esa dificultad como una manera de penetrar en la realidad y plantear las preguntas que quiere hacer. Para él son más importantes las preguntas que las respuestas: "si tuviéramos todas las respuestas no existiría el cine ni la poesía”. Por ello se desmarca del cine de denuncia y de documentales que muestran hechos, porque lo que quiere es ir detrás de lo aparente en busca de la verdad. "En el cine actual hay que luchar por la realidad, porque todo tiende a ser artificial ahora”.
Son los poetas los que hacen las preguntas: "sólo los poetas pueden unir a la gente”, y Herzog es uno de ellos. Un poeta caminante que no "hace camino al andar”, la frase tan manoseada de Machado, sino que busca los derroteros que presentan mayor esfuerzo, para que el resultado vaga la pena. El camino es un desafío, no solamente un trayecto. Lo importante es la búsqueda y lo que lo anima es "una visión del horizonte, sigo una estrella que es claramente para mí, pero no para los demás”. Pero reconoce que el camino está lleno de dificultades: "Yo soy el resultado de mis derrotas”. Y agrega: "Hasta cierto punto mi trabajo ha sido la conquista de lo inútil”.
El caminar por la vida es tan importante para Herzog, que preferiría perder uno de sus dos ojos, pero no una pierna: "Si perdiera una pierna dejaría de hacer cine”. En 1974 cuando su mentora Lotte Eisner estaba muy enferma y aparentemente a punto de morir, Herzog decidió caminar desde Alemania hasta París para despedirse de ella con un homenaje personal. Por suerte para ambos, Lotte vivió ocho años más, falleció a los 88 años de edad, ocho días después de que Herzog, viéndola muy enferma y débil, le dijera: "Lotte, ya puedes morirte”. Cuando se refiere a su propia muerte, Herzog se imagina recibiéndola en una montaña o en una selva: "Parte de mi alma pertenece a la selva”.
Fascinados por el personaje le preguntan cómo busca una buena historia, y él responde: "Las historias me encuentran a mí, yo no las busco. Llegan como ladrones a las tres de la madrugada, lucho cuerpo a cuerpo con ellos, y uno me gana. Ésa es la historia.” Pero sobre todo quiere que los jóvenes busquen un camino propio y no de imitación: "No quisiera ver películas hollywoodenses llegando desde Bolivia, sino películas sobre esta cultura”.
Pocos realizadores de cine tan versátiles como Werner Herzog, y pocos tan arriesgados y temerarios. Más allá de la fantasía de sus filmes, sus proezas como director de cine empecinado e intrépido nutren una leyenda que se prolonga a través del tiempo y de cada una de las 66 películas que ha realizado desde 1962. Y ahora filmará en Bolivia, tierra de cineastas frustrados.

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