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lunes, 19 de enero de 2015

‘Una Guerra de Película’: cortos sobre el Chaco



La segunda versión del Fondo Concursable para la Creación Cinematográfica denominado Una Guerra de Película tuvo como tema la Guerra del Chaco. Esta iniciativa del Gobierno Municipal de Cochabamba, bajo la gestión de la Asociación de Documentalistas de Bolivia, tuvo como resultado cinco cortometrajes en el formato de documental. Estas piezas permiten evidenciar la fragilidad del concepto documental en tanto una apariencia para denominar cierta narrativa, pues los cortos abordan lo real de maneras diferentes, más aún cuando se aproximan a un fenómeno acaecido hace 70 años. Pero también se observa en estos materiales la verificación nunca exhaustiva de la actualidad, además del buen estado de salud del cortometraje nacional.

La fragilidad de la noción de documental transita y es afectada por la concepción de la realidad y lo real. Las cinco piezas realizan este recorrido interrogativo, donde lo real está sujeto a la experimentación. Veamos. Quejas del alma (dirigida por Gabriela Prado Hernández) ahonda en la historia del abuelo pianista cuya condición de músico le permitió ciertas prerrogativas como prisionero en manos paraguayas. Este corto trabaja sobre la historia oral de la familia para reconstruir, de manera estrictamente imaginaria, una situación anclada en la realidad. El mismo dispositivo imaginario es aplicado en Heroínas anónimas (de Cristian Antelo Requena), en el que el director lleva a cabo una pesquisa sobre el rol de las mujeres enfermeras en el frente; en ambas piezas la deuda con el código televisivo es patente.

Por su parte, Posguerra (de Luis Fernando Rodríguez Camacho) plantea una narrativa marcada por la música, incurriendo en el videoclip, donde las imágenes encuentran referencialidad en objetos que invocan o articulan significancia con la confrontación del Chaco. Siguiendo la estrategia del video musical o videoclip, pero amparado en la recuperación de canciones, Guerratatayta mikhuyakupasqa (de María Elena Solares Fernández y Marisol Díaz Vedia) sostiene su relato en la oralidad quechua, para aproximarse a la guerra y a la textualidad de las canciones sobre ésta. Sueños de guerra (Santiago Espinoza) es la única pieza que trabaja desde la autorreferencialidad, al presentar la historia y la presencia de un benemérito de la guerra, el abuelo del director. En este sentido, la búsqueda que emprende el director supone la movilización espacial al Chaco en busca de la memoria.

En estos cortos, la no ficción se refresca de manera loable, incorporando el abordaje contemporáneo del hecho que abrió la modernidad en el país. En este sentido, estas películas componen un cuerpo unitario sobre formas de abordaje y representación de la memoria de forma distante de la historia, pues se enfoca en relatos individuales, aislados, constituyendo un collage de relatos en la veta de la microhistoria, ajenos a la oficialidad. Cabe recordar que el documental boliviano viene transitando por un fenómeno de actualización narrativa en tanto los directores, como autores, se sitúan como los sujetos narrativos para contar e intervenir en las imágenes que crean y recrean.


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