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domingo, 28 de julio de 2013

Las salas de cine pierden un 40 por ciento de público debido a la piratería

La piratería resta a las salas legales de cine del país hasta un 40 por ciento de público, según indica la Cámara Nacional de Empresarios Cinematográficos, entidad que aglutina a propietarios de cines y distribuidores de películas.

A ese cálculo, precisan, se llegó comparando la cantidad de público que asiste a ver estrenos simultáneos con la del que va a una película que llega semanas después de su primera proyección internacional, es decir luego de que las calles se inundan de copias ilegales.

Aunque el número podría duplicarse sin la piratería, en Bolivia se venden cerca de 3 millones de entradas al cine por año, para alrededor de 70 salas repartidas por todo el país, pero concentradas en el eje troncal.

Con todo, el administrador del cine Norte de Cochabamba (que funciona hace 11 años), Luciano García, matiza el efecto de la piratería: “Mucha gente ha vuelto al cine, asume la diferencia de ver una película en pantalla grande y sonido de calidad, con comodidad, disfrutando además de otros servicios”. La directora de la Cinemateca Boliviana, Mela Márquez, analiza tal criterio: “Antes, ir al cine era un hecho social, había un programa establecido, era el momento de la gente. Ahora, el tiempo libre es empleado para ir a chequear, comer, comprar y, además, ir al cine”.

Al reciente boom de ir al cine coadyuvan las campañas publicitarias que efectúan las salas. “Al tiempo de pagar a los distribuidores, nosotros tenemos que costear la logística de la publicidad, que consiste en poner avisos en los medios de comunicación” sostiene el gerente del cine Capitol (reabierto hace un año, luego de cerrarse por una década), Yuri Zambrana, quien calcula ese gasto en cerca de 1.500 dólares por película.

Pero la publicidad es un paso posterior al arreglo entre salas y distribuidores. Zambrana señala que, por lo general, las salas se quedan con solo un 40 por ciento de la taquilla. El otro 60 por ciento se debe pagar a los distribuidores. Los porcentajes sin embargo van disminuyendo en favor de las salas, a medida que pasan las semanas de exhibición.

Y, para cerrar las gestiones para proyectar un filme, el administrador del Norte agrega que se debe tramitar, para cada película, un permiso de Espectáculos Públicos de la Alcaldía local.

FILTRACIONES

Quienes compran películas de estreno en el mercado ilegal saben que siempre corren el riesgo de acceder a una mala copia, una “grabada del cine”. Son muchos los casos de filmes que se venden en DVD tras haber sido registrados con cámaras caseras, de modo clandestino, en las salas. Asimismo, en 2010 los productores del largometraje nacional El Pocholo y su Marida denunciaron que una copia de la obra en formato DVD se filtró de una sala boliviana al mercado pirata.

El presidente de la Cámara Nacional y programador del cine Center, Esteban Morgado, considera que en Bolivia existe una probabilidad muy escasa de que las filtraciones se produzcan en las salas del país, pues “la piratería llega desde fuera”.

Asegura que los distribuidores en Bolivia y desde el exterior toman medidas de seguridad en las salas y capacitan a los administradores.

Lo anterior es corroborado por García, cuyo cine, al igual que el Center, cuenta con cámaras de seguridad: “Mediante videoconferencias, algunas distribuidoras nos han mostrado cómo proceden los piratas y los puntos clave de las salas. Estamos aplicando medidas”. Igualmente, Zambrana dice que les enseñaron incluso cómo detectar “cámaras escondidas en recipientes de pipocas”, por lo que en Bolivia los que intentan grabar películas en salas la tienen muy difícil.

Pese a todas las precauciones, una excepción fue sin embargo la ocurrida en el cine Astor, relató su gerente, Alicia Zambrana. En tal sala, en 2012 se grabó ilegalmente una copia del filme estadounidense Avengers. El caso repercutió en el exterior. Gracias a un código incluido en el celuloide de la película que se proyectó, los distribuidores internacionales detectaron el origen de la filtración. “Nosotros no nos prestamos a eso, por eso tenemos que estar controlando todo el tiempo lo que sucede en las salas”, expresó Zambrana, administradora del cine más antiguo de la ciudad, con 62 años de funcionamiento.

EL CINE NACIONAL

La relación entre las salas, abocadas por lo general a películas comerciales casi siempre hollywoodenses y el cine nacional varió sustancialmente en las últimas décadas.

“Con el ingreso de nuevos cines a Bolivia, el panorama ha cambiado. En los años 80 y 90, las salas se peleaban por el cine boliviano y pagaban porcentajes preferenciales. La Cinemateca y otras salas pagaban hasta 70 por ciento durante la primera semana en favor de la película”, recuerda el productor y distribuidor de cine, Gerardo Guerra.

Junto a la piratería, señala que otros factores, como el cambio generacional de directores, la transformación tecnológica y el decaimiento de la calidad de los filmes, han determinado la “depreciación del cine boliviano”.

“Antes, las películas bolivianas eran noticia, eran atractivas. Ahora hay mucha oferta de filmes. Cuando antes teníamos cuatro o cinco salas en todo el país, en una o dos había cine boliviano, entonces las posibilidades de éxito eran mayores”, acota.

Puntualiza que, a inicios de los 80, una película boliviana solía pasar los mil espectadores en su primera semana, pero ahora, con marcadas excepciones, los filmes del país convocan a apenas 12 mil personas a lo largo de varias semanas de proyección, pese a que antes obras de cineastas como Marcos Loayza llegaron a tener hasta 200 mil boletos vendidos.

Lo anterior determinó que algunas salas apliquen una suerte de “doble castigo”, pagando solamente a las películas bolivianas el 35 por ciento de la taquilla durante su primera semana, en la que además deben superar los 300 espectadores para mantenerse en cartelera.

Los administradores de las salas se defienden señalando que, además de lo dicho, los productores nacionales se preocupan poco por publicitar sus películas, mismas que suelen ser, por otro lado, estrenadas en temporadas altas del cine de Estados Unidos.

“Siempre les he dicho a los directores y encargados que competir con películas extranjeras es como chocarse contra la pared. Deberían programar sus estrenos para febrero, marzo o mediados de agosto, cuando por la temporada baja (del cine comercial) hay más espacio en las salas”, sostiene García. Indica que, pensando que les iba a ir mejor, muchos filmes bolivianos se estrenaron “justo en diciembre, siendo así opacados por los estrenos extranjeros”.

Zambrana coincide con tales ideas y enfatiza en que, además de que el público boliviano es renuente a ver la producción nacional, es muy difícil para los creadores competir con la millonaria publicidad de Hollywood, que por ejemplo se expresa en grandes campañas emitidas por la televisión por cable.

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