domingo, 16 de junio de 2013

Heli y la violencia en México

El director Amat Escalante afirma que su pretensión en Heli fue reflejar la violencia que se produce en México, a causa del narcotráfico, en el contexto que lo engendra: deseaba realizar un retrato de la violencia con las circunstancias que la despiertan.

En este caso, su idea ha sido tomar una familia que, en un primer momento, vive alejada del mundo del narcotráfico, pero sobre la que irrumpe de súbito el contacto con las bandas a través de la llegada de un nuevo miembro: un joven que se enamora de Estela, la hija de la familia.

Escalante construye su obra en torno a la idea del inocente que, de repente, se ve salpicado por un mundo violento que le desborda, y para ello cuenta con el símbolo de Estela, una joven de 12 años que desconoce el mundo del narcotráfico.

La clave del relato está en sus detalles, en sus pequeños síntomas que retrata, y que llevan a la escalada de violencia: su joven novio es un cadete que recibe una dura instrucción militar y que, por lo tanto, es ejercitado en la violencia desde las propias instituciones; y su hermano consume películas que integran la violencia, lo que le lleva a una cierta banalización de su representación.

La televisión es un elemento clave en el filme, con telediarios que muestran cadáveres directamente, con lo que Escalante pretende afirma el acceso a una virtualidad de la violencia a causa de su representación en los medios sin límites, y que provoca una distancia entre el acto y sus efectos.

Heli está construida a partir de una cuchillada que la atraviesa a la mitad de su metraje. Porque si la película es un estudio de la violencia en su contexto, la puesta en práctica de esa violencia lleva a una escisión del filme. Y es que el planteamiento de la situación y el dibujo de las relaciones sociales y las jerarquías de poder de la primera mitad quedan dinamitadas cuando la violencia emerge, con toda su crudeza, al primer plano: cuando los narcotraficantes castigan la infracción de sus propias normas por parte de la familia que protagoniza la película.

A partir de ahora, los personajes sólo son capaces de sobrevivir, pues hay una pulsión de violencia que se ha descargado sobre ellos y que ha originado el trauma: Estela se queda muda, y Heli se convierte en heredero de sus agresores, y sólo puede responder a su desamparo con un nuevo disparo de violencia.

El director evita una mirada de juicio, y se limita a mostrar las secuelas de la violencia sin instaurar un relato arquetípico de descenso a los infiernos y recuperación: todo queda en suspenso.

Todas las pulsiones violentas de la sociedad que Escalante desea recoger están sintetizadas con gran habilidad en una única secuencia que estalla. El resto es tensión, sugerencia, proximidad de la tragedia o consecuencias de ella. Y la escena de violencia consigue conmocionar, pues es filmada con sinceridad y austeridad, a través de planos medios que reflejan la tortura al personaje, y que son respondidos por su contraplano con la apatía de los torturadores ante la escena que ellos están causando: hay un juego entre mostración del sufrimiento, por un lado, e inconsciencia del dolor que genera por parte de los narcotraficantes, como si desconociesen las consecuencias de sus actos.

El resto de escenas de violencia son filmadas desde la lejanía, pues el shock ya ha inundado el plano. Y, si en algo destaca la dirección, es en un cierto distanciamiento en la mirada, pues se pretende eludir un juicio: es un retrato del país más que un relato, y la cámara recoge con prudencia los acontecimientos a través de composiciones austeras y planos de movilidad pausada; todo ello con un toque bressoniano, con encuadres bien compuestos pero que evitan un exceso estético en la imagen, pues se pretende ser realista y crudo (Extracine).

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