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lunes, 6 de febrero de 2012

Secretos de Estado

Para el resto del mundo, es decir para los no estadounidenses, las elecciones “primarias” en las cuales ocupan su tiempo los aparatos de los partidos políticos durante buena parte del año anterior a las elecciones presidenciales, son un dato de importancia irrelevante. No obstante, esta película se encarga de entrar a fondo en materia, es decir en la importancia que tienen en la pugna por la candidatura a Presidente. Las “primarias” son, si se quiere, un laboratorio micro de los procedimientos que serán aplicados luego de manera intensiva en la campaña principal. La trama de Secretos de Estado, una película de intriga política, también se encarga de ponerlo en evidencia; es la prefiguración más clara del pragmatismo aplicado para llegar a buen puerto, esto es a ponerse sea como fuera al mando de la primera potencia mundial.

Adicionalmente, ese ejercicio “democrático” se asemeja a la primera etapa de una maratón plagada de obstáculos, cuyas exigencias físicas y mentales tal vez permitan entender por qué el ganador de ésta y de la segunda etapa, cuando finalmente consigue cruzar la meta de la Casa Blanca, se encuentra a tal punto exhausto que prefiere dejar el gobierno en manos del complejo industrial-militar, limitándose a viajar, discursear, encender las lamparitas del árbol de Navidad y recibir a Mick Jagger.

Los Idus de marzo, título original de la película dirigida por George Clooney, denotaban en la mitología romana un tiempo de buenos augurios. El asesinato de Julio César, precisamente durante los Idus del año 44 antes de Cristo, volcó el sentido de las cosas. Lo mismo sucede en esta historia de ilusión y desengaño, de ideales puestos entre paréntesis y de un nuevo atestado acerca de ese discutible lugar común de acuerdo al cual la política es siempre un basurero. Éste es, sin duda, el aspecto menos feliz de esta película, de todas maneras menos valorable por la originalidad de su asunto que por la robustez del tratamiento.

De algo estoy persuadido por experiencia: el primer párrafo de un relato escrito, en ocasiones la primera frase incluso, igual que la secuencia de arranque de un relato cinematográfico dan la pista exacta, bastan para advertir si nos encontramos en presencia de un narrador laborioso o de un narrador talentoso, dos cualidades muy distintas. En tal sentido, la secuencia de apertura de Secretos de Estado es un prodigio de síntesis y precisión: todo está ahí condensado, las líneas argumentales y los conflictos desarrollados más adelante a lo largo de la puesta en imagen.

ESCENA. Cuando Stephen Meyers, el consultor estrella de la campaña del gobernador de Pennsilvania Mike Morris, aspirante a candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, se aproxima al micrófono en un teatro desierto para probar el sonido, adelantando el discurso que luego pronunciará Morris, pone sobre la mesa un elemento central: la política es sobre todo una puesta en escena cuidadosamente montada. Ese inicio, marca además el papel fundamental de los “expertos en imagen”: la escenificación es un mero ejercicio de mercadotecnia.

Esa escena también pone en claro que lo importante ocurre en la trastienda, entre bambalinas. Allí se negocia, se chantajea –si fuera el caso–, se estrangulan los principios y se da rienda suelta al pragmatismo desbocado. Por último la escena del principio es simétrica a la del final, cerrando un círculo en cuyo interior asistimos a la puesta en juego de las más variadas estratagemas y piruetas maquiavélicas para asegurar que el voto “espontáneo” de los electores sea efectivamente el pretendido por los estrategas de campaña.

Un elemento esencial de la trama es la relación entre la política y el sexo, aspecto que acaba siendo siempre el vector no programable, la variable capaz de mandar al demonio cualquier campaña pensada y armada hasta el menor detalle. Es como si en el fondo las pulsiones humanas estuvieran en definitiva a buen recaudo de las previsiones, el último refugio de humanidad en un mundo regido por el frío cálculo de intereses, sin dejar de connotar el carácter afrodisiaco del poder, aspecto a menudo escarbado por psicólogos, antropólogos y sociólogos.

Ahora bien, para posibilitar que cualquier película semejante, sostenida por las charlas de los protagonistas, vale decir apoyada en una estructura más propia de una obra teatral, funcione, resultan imprescindibles dos condiciones: que los diálogos sean buenos y que los actores encargados de decirlos también.

ACTORES. Éste es el mérito, no el único, de un guión muy hábilmente tramado en su evolución, las réplicas exhiben un filo y una dinámica sin desmayos, sorteando cualquier tentación de sermonear sobre la fealdad de los comportamientos. Clooney evita treparse al púlpito para sermonear desde arriba su asco ético. Para beneficio de la película, prefiere permanecer sobre la tierra, en medio de los ajetreos del descenso al infierno. En cuanto a las interpretaciones, asistimos a un genuino festival, un por demás disfrutable torneo de talentos en el cual resulta difícil discernir un ganador, pues todos los protagonistas dan lo mejor de sí

Éste es el quinto largometraje de Clooney y, tal vez sin ser el mejor, la confirmación de que se trata de un director inteligente, de pulso muy sólido, en perfecto dominio de los recursos necesarios para contar con claridad y brillantez de recursos narrativos historias alineadas en una visión crítica de la realidad norteamericana actual.

En tal sentido, algo tendrá que ver con el amargo desencanto que va invadiendo la trama, en paralelo al resquebrajamiento de las ilusiones de Stephen, el propio sentimiento de una generación que creyó ver en Barack Obama una posibilidad de redención de lo político y de los políticos, pero va haciéndose a la idea: se trató de un chasco.

Ficha técnica

George Clooney

Título Original: The Ides of March. Dirección: George Clooney. Guión: George Clooney, Grant Heslov, Beau Willimon. Obra teatral: Beau Willimon (Farragut North). Fotografía: Phedon Papamichael. Montaje: Stephen Mirrione. Diseño: Sharon Seymour. Arte: Chris Cornwell. Música: Alexandre Desplat. Producción: George Clooney, Leonardo DiCaprio, Guy East y Barbara A. Hall. Intérpretes: Ryan Gosling, George Clooney, Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Evan Rachel Wood, Marisa Tomei, Jeffrey Wright, Max Minghella, Jennifer Ehle, Gregory Itzin, Michael Mantell, Yuri Sardarov, Bella Ivory, Hayley Meyers, Maya Sayre y Danny Mooney. USA/2011.

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