lunes, 15 de agosto de 2011

Cine que invita a la lectura




Tenemos el privilegio de estar vivos en un tiempo apasionante, y de poder hinchar nuestros pulmones con el aire que emana una ciudad tan cautivadora como La Paz. Hablando de cine, aquí se puede encontrar películas de todo tipo, el circuito de DVD piratas es uno de los más ricos del mundo. A los gringos, se les hace agua la boca cuando se enteran de nuestros privilegios.

Aquí somos todos culpables de lo mismo: somos afectos a la piratería. Primero por el placer de ver una película en casa, pero también por el hecho de que en las salas de cine sólo de vez en cuando se encuentran buenas opciones. Lo que predomina es el cine (mega) comercial, las sagas de libros best-sellers llevadas al cine y las películas súper taquilleras de acción, de superhéroes, de comedia romántica con los mismos patrones e idénticos finales, etc.

Dentro de esa enorme oferta, existen varios directores que con sus películas logran que mucha gente quiera leer libros, es decir, que prefiera leer libros. Pero también hay otros que logran el efecto contrario: su película es tan maravillosa que exhala un aire de derroche. La historia que cuenta, y el cómo lo hace, genera un exceso, una donación que desborda los marcos del cine e invade el campo de la literatura, de la filosofía… interpelando al público que todavía disfruta de leer un buen libro. ¿Pero qué hacemos después, además de almacenar las buenas películas que nos han encontrado? Lo siguiente concierne a los usos que cada espectador hace de una película. A veces es posible que el séptimo arte se convierta en motivo de lectura de uno o más libros, lo que hace que no sea descabellado pensar un ciclo de cine como actividad lateral a una feria del libro.

Eso sí, los usos que nos interesa apuntar aquí no son los que hace un crítico de cine. En nuestro medio, los más representativos en la materia —los que tienen mayor antigüedad— parten casi siempre de una actitud despreciativa, prepotente, respecto de lo que valoran. Vestidos de jueces, consideran la crítica más como un ejercicio de negación (señalar una ausencia), que como una afirmación (lectura de una presencia). Son buenos hijos de Hegel y la dialéctica. De ahí que el mismo estado de ánimo de su escritura suela ser triste. A propósito, arremetiendo contra la crítica despreciativa que Edgardo Ruso había escrito sobre El pianista de Polanski, el filósofo argentino Tomás Abraham apuntó que el crítico de cine escribe algo que piensa que sólo él entiende; la embestida no quedó ahí: encadenó con un cruzado de derecha seguido de un hermoso gancho al hígado. Fue con estas palabras:

“Me pregunto, qué hace un crítico cuando va al cine. Seguramente no hace lo mismo que una persona cualquiera. El crítico va al baño, deja su cuerpo a un costado del lavatorio, entra al cine hecho un fantasma, ve la película, piensa.... (…) ¿en qué piensa el crítico? En que a él no lo van a atrapar, él es un big shot, en que si a otra carne de butaca la pueden hacer llorar mostrando a un pueblo humillado y torturado, a niños muriendo de hambre en pantalla gigante, él —que es un piola bárbaro que no se deja conmover por sentimentalismos— tiene la córnea seca de tanta lucidez y no se inclinará al homenaje inmediato... (…) No sé si será la mejor película de Polanski, pero sé que tengo que invitar a los lectores a que la vean con el cuerpo puesto”.

La mayoría de los críticos de cine son muy letrados y utilizan su ilustración en forma cínica. Utilizamos aquí “cinismo” en dos sentidos: 1) propagan amargas visiones burlescas y desesperanzadas; 2) saben que no tienen nada que decir sobre algo que no han disfrutado y de todos modos lo hacen; como cualquier burócrata, escriben porque es su trabajo. Y cuando a esta práctica se la reconoce como el oficio distintivo del buen crítico de cine, nos da ganas de reivindicar el ejercicio de la crítica ignorante, socrática, es decir, de aquella que se esfuerza por decir algo sobre lo que no sabe muy bien; es ingenua desde luego, pero afirmativa, conectora, intertextual, cómplice... (Por ejemplo, el trabajo que realizan los muchachos de La Ramona, de Cochabamba).

“¿Cómo hacer para escribir si no es sobre lo que no se sabe, o lo que se sabe mal? Es acerca de esto, necesariamente, que imaginamos tener algo que decir. Sólo escribimos en la extremidad de nuestro saber, en ese punto extremo que separa nuestro saber y nuestra ignorancia, y que hace pasar el uno dentro de la otra. Sólo así nos decidimos a escribir” (Gilles Deleuze, Diferencia y repetición).

Cine y literatura
La aventura de armar un ciclo de cine y literatura no termina en la recolección de ciertas novelas que hayan sido llevadas exitosamente a la pantalla grande. Como paso adicional, nuestra idea ha sido presentar un mosaico de historias —narradas a través del cine— que transmiten los poderosos efectos que la lectura de un libro, o de un autor en particular, puede tener en una vida. Así por ejemplo, en Kafka, la verdad oculta, Soderbergh se sirve de la atmósfera inconfundible que Kafka invoca para contar una historia que no se limita a ser una biografía y, sin embargo, combina suspenso, humor, y deseo de combatir todo aquello que atormentaba al escritor de Praga —la burocracia, el autoritarismo de su padre, la hipocresía, etc—. En ocasiones, la escritura de un autor le plantea una tonalidad y unos paisajes irresistibles a un cineasta.

Nuestro ciclo se titula El placer de la lectura en el cine, está dirigido principalmente a todos aquellos que suelen requerir del cine para acercase a los libros. Si bien se trata situaciones opresivas que se vencen con los libros como aliados, no presentamos historias de tipos ganadores al estilo Hollywood. El efecto que nos interesa señalar es la inyección de rebeldía y amor a la vida que ciertos libros pueden contagiar.

El ciclo se desarrollará del 16 al 19 de agosto, a las 16.45, en el Cine Municipal 6 de Agosto, con el apoyo de la Oficialía Mayor de Culturas, la Cámara del Libro de La Paz y de Plural Editores.

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