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domingo, 23 de enero de 2011

Sundance: películas producidas por... la multitud

La recién estrenada década, aseguran los gurús del asunto, será la de las comunidades. Y si el cine, arte del siglo XX, pretende serlo también del XXI, más vale que vaya tomando nota. El Festival de Sundance, meca entre las montañas nevadas de Utah (EEUU) para las películas independientes, presenta en su programa, que se inaugura hoy, a varios alumnos aventajados de lo que Hollywood llama crowdfunding y en realidad supone otorgar a la multitud el viejo papel del productor cinematográfico.

The Woods, presente en la cita, es un inmejorable ejemplo de todo esto: por medio de una colecta popular, el director Matthew Lessner logró los 10 mil dólares de presupuesto necesario para terminar su película. ¿Cómo? Acudiendo a la financiación popular en la red.

La clave, como en el resto de los procesos de democratización cultural que imperan en Internet, es que cualquiera puede traspasar la frontera entre el espectador y el agente creador. Y como es habitual en estos casos, todas las aportaciones, por pequeñas que sean, cuentan.

Allison Anders, otra de las hijas predilectas de la nación indie que se da cita en Sundance, también ha recurrido a la financiación popular para Strutter. Su último filme digital cuenta con un presupuesto de 20 mil dólares recaudados mediante Kickstarter, una de las páginas de Internet dedicadas a encontrar dinero para los artistas necesitados.

Hay quien habla de los nuevos mecenas de calderilla. Sea como sea, desde su nacimiento en 2009, Kickstarter asegura haber recaudado 15 millones de dólares entre sus usuarios para los diferentes proyectos fílmicos. Su competencia, IndieGoGo, habla por su parte de millones de dólares para 14 mil proyectos.

¿Una moda? Quizá. Una moda muy apropiada para estos tiempos donde todo se cuece en las redes sociales. Pero con el mercado de la financiación cada día más seco tanto en Hollywood --donde es más fácil encontrar dinero para una superproducción que para un filme independiente-- como en Europa --donde las ayudas públicas acusan la merma-- las redes sociales y el apoyo económico de los internautas puede ser la nueva tabla de salvación.

También en España se está ensayando la fórmula en largometrajes como El cosmonauta, que ayer ya contaba con más de 2.570 productores (los crowdfounders que han comprado en su tienda y que tienen derecho a nombre en los títulos de crédito y una entrada para ver la película). El proyecto lleva dos años con un gran número de seguidores en Internet. Además, unos 80 inversores han puesto unos mil euros cada uno. En plena preproducción, Nico Alcalá, Carola Rodríguez y Bruno Teixidor, los ideólogos, esperan rodar en mayo mientras asisten a las reuniones que Alex de la Iglesia ha convocado en la Academia sobre la ley Sinde. La película, por cierto, ha abierto otra nueva vía de explotación: al producirse con licencias libres, podrá verse gratis en Internet, donde ya está su teaser.

Claro que en esto, como en casi todo, siempre hay clases. Anders, tras 25 años en la industria, juega con ventaja. La realizadora puede ofrecer a sus contribuyentes regalos donados por sus amigos, como Quentin Tarantino.

Otro ilustre metido a buscar productores en la multitud es Simon Helberg, del reparto de The Big Bang Theory. Está utilizando a sus seguidores de Twitter para recolectar fondos para I Am I. Lo mismo que Neil Gaiman, el autor de Coraline, ha movilizado a sus seguidores para recaudar en la Red los 150 mil dólares que necesita Christopher Salmon para un cortometraje animado.
Las webs de ayuda a los artistas acostumbran a cobrar un porcentaje de los recaudado (un 4% en el caso de IndieGoGo. En cuanto a los donantes, adelantan su dinero normalmente a cambio de que figure su nombre en los títulos de crédito o de algún otro obsequio que por lo general no incluye ningún derecho sobre el filme acabado ni sobre sus posibles ganancias posteriores. Por un porcentaje similar, Kickstarter marca un tiempo específico para recolectar un mínimo garantizado (por lo general, 2.500 dólares) meta que de no alcanzarse determina el fin de la colecta y con ello la devolución del dinero a quienes se interesaron por el proyecto.

Dicen quienes lo han intentado que conseguir los primeros mil dólares es fácil. Lo complicado llega después. Pero no sólo el dinero importa: las películas empiezan a cultivar seguidores y publicidad a la vez. Y serán los propios inversores los que se molestarán en correr la voz por la cuenta que les trae. Las posibilidades de financiar una película de 100 millones de dólares, la media de un blockbuster estadounidense, son escasas con este sistema. Pero como sugiere Slava Rubin, de IndieGoGo, quizá la cosa cambie si un día un Kevin Smith, con 1,7 millones de seguidores en Twitter, decide rodar con financiación popular ese Superman que los estudios nunca le dejaron realizar.

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